Cuando ocurre un ataque terrorista, el imaginario colectivo suele apuntar a una motivación ideológica clara. Sin embargo, la evolución de las tácticas de los grupos armados ha ampliado ese espectro hasta difuminarlo. En ese escenario, Colombia figura entre los diez países más afectados por el terrorismo en el mundo, según el Índice Global de Terrorismo de 2026, y lo hace en un momento paradójico: el número global de muertes por terrorismo se encuentra en su nivel más bajo desde 2007, pero el país escala en el ranking.
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Thomas Morgan, director de investigación del Instituto para la Economía y la Paz (IEP), conversó con EL TIEMPO sobre las tendencias actuales del terrorismo, cómo los ataques del ELN y las disidencias de las Farc han convertido la frontera colombo-venezolana en una zona de alerta mundial, y qué le depara a América Latina en un contexto en el que sus grupos armados se alimentan cada vez más del crimen organizado.
Thomas Morgan, director de investigación del Instituto para la Economía y la Paz (IEP). Foto:Commonwealth Secretariat / Flickr
El informe sugiere que el terrorismo global está evolucionando tanto en su forma como en su distribución geográfica. ¿Cuál es la posición de América Latina y qué la distingue de otras regiones?
El número total de muertes por terrorismo ha disminuido y se encuentra en su nivel más bajo desde que iniciamos la serie temporal en 2007, pero esto no se debe necesariamente a una reducción global del terrorismo, sino a que varios conflictos están evolucionando en sus tácticas. El epicentro del terrorismo durante los últimos cinco años ha estado en el Sahel Central (en el África subsahariana), donde grupos como JNIM recurren cada vez más a bloqueos económicos en lugar de operaciones directas. La violencia en América Latina no ha estado directamente vinculada al terrorismo, pero sí es un foco de violencia de grupos extremistas armados que se sitúan en una interesante zona gris en lo que respecta a la motivación ideológica.
En ese panorama de motivaciones difusas, ¿por qué la mirada del informe se posa sobre Colombia y su frontera con Venezuela?
El principal foco de terrorismo en América Latina se encuentra en Colombia y particularmente en la frontera colombo-venezolana, donde grupos disidentes de las Farc y el ELN, ambos con motivaciones históricamente ideológicas, operan hoy en una zona gris entre la motivación política y el crimen organizado, especialmente el narcotráfico. Eso se refleja en cómo el Gobierno colombiano los ha tratado: durante el proceso de paz los abordó como grupos políticos, pero más recientemente los ha calificado de «narco-tropas», subrayando su vínculo con organizaciones como el Cártel Jalisco Nueva Generación.
Disidentes de las Farc y el ELN operan entre la motivación política y el crimen organizado. Foto:Captura de pantalla
¿Estamos entonces subestimando fenómenos que no encajan en la definición tradicional de terrorismo?
Más que una subestimación del terrorismo, lo que existe es una dificultad para definir la respuesta adecuada, porque el fenómeno se sitúa entre lo político y lo criminal. El Gobierno colombiano reconoce esa ambigüedad, pero la incertidumbre está en si la respuesta debe ser militar, política o antiterrorista.
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El principal foco de terrorismo en América Latina se encuentra en Colombia y particularmente en la frontera colombo-venezolana
¿Qué efectos tiene esto para la efectividad de los procesos de paz?
Lo que se observa en Colombia es casi lo inverso de lo que ocurre en el Sahel. Allá, conflictos que comenzaron como enfrentamientos étnicos locales fueron incorporando progresivamente un componente ideológico más marcado bajo la narrativa yihadista global. En Colombia ocurrió al revés; grupos explícitamente políticos de extrema izquierda marxista fueron perdiendo esa motivación ideológica original a medida que el narcotráfico adquirió mayor centralidad. Eso tiene consecuencias directas sobre las posibilidades de resolución: cuando un grupo pierde el interés en los resultados políticos, los procesos de paz tradicionales resultan menos eficaces. Se ha visto que los altos al fuego anunciados en los últimos años, en lugar de aprovecharse para avanzar políticamente, se han convertido en oportunidades para que los grupos se reorganicen y consoliden sus pretensiones territoriales.
El Catatumbo es uno de los enclaves insurgentes más conocidos del mundo, según el reporte. Foto:César Melgarejo/ El Tiempo @cesarmelgarejoa
¿Qué particularidades tiene la frontera colombo-venezolana en ese contexto?
Tanto en Colombia como en otras partes del mundo, las zonas fronterizas concentran esta violencia porque hay brechas de autoridad estatal, dificultades de coordinación entre países y condiciones geográficas adversas que limitan la acción de las fuerzas de seguridad. Esto permite a los grupos moverse con impunidad, operar como gobiernos de facto, como ocurre con el ELN en algunas zonas, y consolidar control territorial.
La frontera colombo-venezolana reúne todos esos factores: tensiones políticas que dificultan la cooperación, débil presencia estatal y condiciones geográficas complejas. Además, la falta de acuerdos efectivos entre ambos países recuerda dinámicas vistas en el Sahel, donde la ausencia de coordinación intergubernamental limita las respuestas antiterroristas.
Más que una subestimación del terrorismo, lo que existe es una dificultad para definir la respuesta adecuada, porque el fenómeno se sitúa entre lo político y lo criminal
El informe señala que solo el 24 por ciento de los ataques globales en regiones fronterizas son reivindicados. ¿A qué responde esto?
Por un lado, es estrategia deliberada y, por otro, fragmentación interna. Los grupos pueden no querer reivindicar ataques porque no buscan enviar un mensaje tan amplio, o porque temen afectar a las poblaciones civiles y provocar una respuesta negativa. También existe incertidumbre en torno a cómo se recopilan y verifican los datos sobre ataques en zonas fronterizas. Y cuando hablamos de los grupos disidentes de las Farc, existen docenas de facciones distintas, por lo que la jerarquía sobre quién reivindica un ataque también juega un papel importante.
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Disidencias de las Farc (Imagen de archivo). Foto:AFP
¿Qué tan central es hoy la tecnología en estas dinámicas y cómo están obstaculizando una respuesta estatal eficaz?
El uso creciente de drones está ampliando considerablemente la capacidad operativa de estos grupos. Se registraron alrededor de 77 incidentes con drones vinculados al terrorismo solo en el último año en Colombia. Sin tácticas eficaces para contrarrestarlos, los grupos tienen menos incentivos para participar en procesos políticos, ya que pueden llevar a cabo ataques con cierta impunidad. El Gobierno colombiano ha avanzado en la clasificación jurídica de estos ataques como actos terroristas y ha aumentado su dependencia de tecnologías antidrones, pero es un ámbito donde el desarrollo tecnológico avanza a gran velocidad y los grupos se adaptan constantemente. Es una dinámica muy similar a la que se observa en la guerra entre Ucrania y Rusia, y resulta preocupante que actores no estatales comiencen a emplear este tipo de tecnologías con tal sofisticación.
A nivel global, ¿vivimos en un mundo más seguro o con una violencia más desigual?
Se trata de una distribución más desigual de la violencia. Si se compara la brecha entre los 25 países más pacíficos y los 25 menos pacíficos en el Índice Global de Paz entre 2008 y 2025, los países más pacíficos apenas han cambiado, mientras que los menos pacíficos se han vuelto significativamente más violentos. La preocupación central es que estas áreas de violencia concentrada tienen el potencial de expandirse hacia regiones vecinas, como ya ocurre con JNIM extendiéndose hacia Ghana y Togo.
¿Deberíamos entonces comprender el terrorismo como un subproducto de la guerra más que como un fenómeno autónomo?
El 98 por ciento de los ataques registrados ocurren en países que ya están en conflicto, por lo que el terrorismo se usa primordialmente como táctica. Sin embargo, cuando ocurre fuera de zonas de conflicto, el impacto es cualitativamente mayor, como lo demostró el ataque en la playa de Bondi, en Australia, en 2025, que generó un efecto social y psicológico desproporcionado frente a ataques similares en zonas de guerra, aunque en esencia se trate del mismo tipo de violencia.
Videos de las ‘lecciones’ de pilotaje de drones impartidas por miembros del Eln a menores de edad. Foto:Suministrada / Cortesía.
Se registraron alrededor de 77 incidentes con drones vinculados al terrorismo solo en el último año en Colombia, según el Índice Global de Terrorismo 2026
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¿Qué señales de alerta ve en Colombia y América Latina respecto a la radicalización juvenil y el reclutamiento en línea?
En América del Norte y Europa Occidental hay un fuerte aumento en el número de investigaciones antiterroristas centradas en menores de 18 años radicalizados en línea, pues estos jóvenes están expuestos a material extremista a través de videos de formato corto e involucrados luego en tramas terroristas. La velocidad a la que se produce esa radicalización se ha incrementado considerablemente y es una preocupación creciente. En el caso del ELN y los grupos disidentes de las Farc, su presencia en línea, en particular los videos promocionales de formato corto donde muestran sus rostros, parece estar cada vez más asociada a las economías ilícitas y la actividad criminal, más que a una narrativa ideológica explícita. Sabemos que en otros contextos el motor principal del reclutamiento tiende a ser económico más que político, y esa dinámica podría estar replicándose aquí. Es sin duda un ámbito en el que deberíamos profundizar más, porque lo que hoy se observa en Occidente puede ser una advertencia de lo que viene para la región.
LAURA JULIANA CASTELLANOS GUEVARA – REDACCIÓN INTERNACIONAL
